Ciudad Inmóvil Now
El tiempo zarpa hacia los manglares
afuera todo se desvanece
el pensamiento se torna un perro rabioso
que no puede morder
La 44 brilla soberbia...
Con la sonrisa apagada de un festín
te encuentro saciada de humanidad
Te encuentro deshebrada
y la órbita en que ruedo pare llanto negro
por secuestrar la nostalgia de tu lengua.
afuera todo se desvanece
el pensamiento se torna un perro rabioso
que no puede morder
La 44 brilla soberbia...
Con la sonrisa apagada de un festín
te encuentro saciada de humanidad
Te encuentro deshebrada
y la órbita en que ruedo pare llanto negro
por secuestrar la nostalgia de tu lengua.
12 de febrero de 2011
LA PIEDRA ROJA
Entró un señor enlutado con los zapatos muy limpios y los ojos enrojecidos en lo blanco, se aproximó al empleado y dijo: ¡Muéstreme todos los puñales que tenga!
El chico del mostrador intuyó tener delante a la seguridad misma encarnada en aquel tipo de grandes manos lampiñas.
-¿Son todos?-
Con un tenue pestañeo asintió, no obstante; al segundo se contradijo y desplegó una cortina que lo condujo hacia el sombrío cuarto inmediato. Conocía de memoria los recovecos del laberinto, por ello; al estar frente a la pared de los punzo cortantes especiales supo cuál era el deseado por el hombre de impecable aspecto sólo contrapuesto con la ofuscación de su rostro.
El puñal elegido era el mismo que tiempo atrás usó el autor de Canto a un dios mineral para acariciarse con ímpetu fugaz sus genitales.
Al cruzar nuevamente la cortina de tiras rojas se encontró con la ausencia del cliente enlutado. No quedaba sino devolver el reluciente objeto a su lugar…
Por la noche, cuando el dueño de la tienda fue a inventariar como cada término del día, encontró a su empleado con el corazón derramado sobre su cuerpo y el puñal erguido en el mismo.
9 de febrero de 2011
Aviso de Ocasión
La apetencia que tenemos de ser amados es una imperfección de nuestra naturaleza, una falta, en el sentido original de la palabra. Deseamos porque nos falta ser: El deseo es la señal de nuestra insuficiencia.
Octavio paz. Las trampas de la fe.
La humanidad se desgaja mientras empleamos nuestro tiempo en actividades y actitudes que contribuyen en su colapsamiento paulatino. Las exigencias impuestas por la realidad nos permea de egoísmos absurdos y ambiciones que descuidan lo vital de nosotros mismos, con esto, entre otras cosas, me refiero al desinterés mostrado en los asuntos éticos de los otros seres humanos que alguna vez fueron o serán también nuestros otros.
Mi primer encuentro con Aviso de Ocasión vino de tajo, inmediatamente hubo cierta complicidad, un reconocerme y reconocer a personajes ficticios y reales en sus enardecidas líneas clamando por la presencia del ideal: De súbito, la sonrisa de los veinte mil volvió al recuerdo, imágenes todas agolpadas trajeron consigo las ruinas ansiosas de una mujer-retrato del yo poético colectivo de Aviso…
Uno de los máximos logros de Jesús Bartolo en Aviso de ocasión es el hecho de saber trasmitirnos con sencillez y calorcito los anhelos de una mujer libre en el amplio sentido de la palabra, una mujer honesta consigo misma, alguien que no puede permanecer inmutable ante el dolor ajeno. Una mujer que apela a instantes significativos para entibiar su soledad colmada de deseos, un yo poético consciente de su ser y su estar justo donde se encuentra. Ella sabe que si el otro hablara la tristeza se diluiría, tomando en cuenta que las palabras curan nuestro aislamiento y limitación. El yo necesita al otro, aunque algunas veces ese otro esté ausente, “porque el hombre es antes que nada realidad vinculada que se expresa, que es palabra.” Lo que Aviso de ocasión alberga en sus entrañas es poesía compuesta de elementos humanos. Aflicciones poéticas que externan diversas idealizaciones, ansias de momentos supuestos. Por un lado, la mujer versátil, apasionada, inteligente, banal cuando es necesario, de sexo profundo, mordelón, puro y libre. Saludable, de pensamiento y labios intensos, una mujer que sólo se compromete con su sombra, una mujer lúcida, flexible y objetiva ante las complejidades humanas y lo jodidamente establecido. Un ser humano universal en sus pedidos y ofrecimientos, cuyo mensaje para nada es casual. Su voz poética puede ser la de cualquiera, no se necesita tener una vagina para poder reconocernos en la desolación del poema que se manifiesta como una fuerza incontenible, lo anterior se percibe mediante el ímpetu natural con que el poeta nos traslada de verso en verso, de adentro hacia afuera o viceversa sin advertir fragmentación en la sintaxis, al tiempo que propone, critica y conmueve con el reflejo de las insuficiencias del otro.
Por otro lado, el mismo yo poético solicita un amante viril, honesto en su entrega, cómplice en el alumbramiento, presa de sus caricias, de corazón nervioso y abismo transparente, atento y espontáneo como la propia utopía. Un hombre que no sólo conozca el valor del respeto y la entereza como discurso sino que ante todo lo lleve a la praxis. La sugerencia alude a un ser humano con especificidades concretas.
Sin conocer al autor o autora leí Aviso…, como al hijo de nadie, recuerdo todavía ese leve escozor hurgándome durante los nueve primeros encuentros, para la décima ocasión pedí a un buen amigo le prestara la voz. No había duda creí, es un poema hecho por una mujer, ambos, al comentarlo, decidimos que no podía haber un varón detrás. Nuestra sorpresa fue doblemente grata, el poema espejo no sólo era hijo de un varón, además, aquel varón era Mexicano.
Contrario a lo explorado en Aviso…, En este fuego habita de cangrejos la carne sucede que la pasión se prolonga y deviene en hastío, en carne lastimada por el sobrepeso de una presencia que no logra saciar el hambre perdurable del deseo. Sucede la inevitable fuga, el cuerpo libera el rechazo, se entibian los motivos para la excitación y las cenizas impávidas determinan las nostalgias. La lluvia repite todos los avisos a la misma hora desde la hondura que algunos llaman alma y se termina por desconocer el tacto, la delicadeza. Prevalece el mandato adentro del laberinto y sólo para entrar en la búsqueda sin razón se fingen caricias, pero el tedio acosa y es inevitable cerrar la puerta a la verdad del desgano cuando ya no se ansía.
Tal vez esté envejeciendo o quizá mis nervios estén destrozados pero tengo la impresión de que hoy día, a nadie le importa si el resto del mundo es feliz o desgraciado o si el contexto de la realidad que nos tocó habitar es quien nos mantiene indiferentes. Lo que si confirmo día con día es que sin momentos, actividades y creaciones como las presentes, muchas formas y considerables vidas dejarían de ser significativas.
Lirio Belano
8 de febrero de 2011
Una infancia normal
Cualquier clase de inhumanidad,
se convierte, con el tiempo,
en humana.
Yasunari Kawabata.
Mamá siempre ha trabajado por la mañana. Fuma, toma, es alegre y ha tenido muchos novios. Sale a bailar todos los sábados con sus amigos y dice que ese es el precio que deben pagar los hijos que tienen una mamá joven, bonita y soltera. Ella nunca está sola porque se la pasa en fiestas, chateando y dando roles en el auto de alguno de sus amigos.
Soy hija única porque mamá por más que intentó darme un hermanito nomás no pudo. Primero porque no tenía con quién y cuando tuvo porque ya su matriz no servía por lo de su operación. Hablar sola para mi es de lo más común, de no haber sido por la televisión, los regalos e idas a Mc Donals, las fiestas de cumpleaños, las clases de baile moderno y hacer lo que yo quisiera en general, creo que mi infancia habría sido terrible. Mamá y yo nos llevamos bien, hablamos de todo, es una mujer muy open, imagínate, a los ocho años ya sabía de la menstruación, el sexo, la pornografía, las violaciones, el embarazo sin la cigüeña, el sida y todo lo que una niña de ocho debe saber a esa edad para que nadie la tome por sorpresa y tenga herramientas para sobresalir en la vida. Yo siempre he sido muy inteligente pero fíjate que una vez en la escuela casi me mato, o mejor dicho, me lleva la chingada -parafraseando a mamá-, con una niña que iba en cuarto de primaria cuando yo cursaba el segundo.
A mí siempre me gustó trepar árboles y en la escuela teníamos un jardín que además de vigilar para que nadie caminara sobre el pasto usábamos algunos niños para dar rienda suelta a nuestra imaginación. Éramos pocos, pero no te sorprendía si de pronto escuchabas toda una radionovela sobre la última pelea con tus padres.
Un día, mientras yo peleaba conmigo arriba del árbol (Por haberle gritado puta a mi mamá cuando me regañó por probarme la tarde anterior una de sus tangas preferidas y dejársela como calzón talla cuarenta), me atrapó la mirada de una niña que no había visto por la escuela. Obviamente ella sí se asustó al escucharme y creyó la muy tonta que me avergonzaría pero no, se sorprendió de que yo siguiera en lo mío sin importarme su presencia. Cuando salí de clase, la misma niña me esperaba en la reja de salida. Me dijo que se llamaba Mónica y que quería ser mi amiga. Yo, acostumbrada a estar sola todo el tiempo, me sentí incómoda y le dije que sí pero que sólo podíamos vernos en la escuela porque después de salir tenía las tardes ocupadísimas con mi mamá y mis primos. Lo cierto era que me sentí invadida, pero no importaba porque sabría cómo manejarlo. Mónica, comprendí más tarde, era mucho más astuta que yo porque sin darme cuenta fue haciéndose indispensable en aquellos días.
Primero sólo nos veíamos en la escuela pero poco a poco fui sintiendo una especie de necesidad por estar con ella, llegué al grado de ir a su casa al salir de clases, mi mamá, por supuesto, se puso feliz porque cuando le pedía que me llevara a casa de mi amiga no volvía sino hasta el día siguiente. ¿Qué qué hacíamos? Pues todas esas cosas que las niñas hacen sin la mirada de sus padres. Cuando jugábamos en su recámara nos poníamos ropa de sus papás. A veces ella la hacía del papá y yo de la mamá o al revés. En otras ocasiones llamábamos por teléfono a un número cualquiera del directorio y sacábamos nuestro repertorio completo de groserías e insultábamos a quien contestara.
Una mañana me dijo en la escuela que me tenía una sorpresa pero que me la daría en su casa, por la tarde, y que además era necesario pedir permiso para quedarme a dormir. Muy obediente como casi nunca pedí el permiso y hasta llevé mi pijama, pensé en proponerle desvelarnos y ver películas de amor, de esas cursis que le gustan a mamá cuando está triste. Al llegar le anuncié mi plan pero inmediatamente me dijo:
-Calla, calla o lo echarás a perder-
-¿Qué pasa?-, le pregunté.
La respuesta salió de su habitación. Aquella tarde habían llegado sus tíos Gabriel y Elisa de Colombia. Estaban de paso porque su última parada todavía les quedaba lejos pero quisieron pasar a saludar y descansar un poco. Los padres de mi amiga decidieron (Como cada tres o cuatro días a la semana), salir a dar una vuelta con ellos, cenar en algún bonito restaurante e ir a bailar a alguna disco, los señores Palacio eran como mi madre, la diferencia entre ellos era que los primeros no sólo bebían y fumaban cigarrillos sino que también -les reprochó Mónica un día, para hacerlos sentir culpables de su mal comportamiento en la escuela-, consumían un polvo blanco que después supe se llamaba cocaína.
Bueno, los tíos de mi amiga traían consigo al menor de sus hijos, Eliseo. Un chico muy sonriente, con dientes blanquísimos y chuecos. Me pareció al principio no comprender la sorpresa, cuando los adultos se fueron nos pidieron no hacer travesuras ni dormirnos tarde aunque al día siguiente era sábado así que no habría escuela, sin embargo, enfatizaron en querer encontrarnos dormidos al volver. Cuando los despedimos Mónica me llevó a su recámara y cerró la puerta antes de que Eliseo pudiera entrar, y me dijo:
-Hoy jugaremos a los papás, pero será más padre que las veces anteriores porque ahora sí hay papá ¡Tú serás la mamá y yo seré la hija!-
Un brillo extraño invadió sus ojos al decirle que prefería ver películas con ella, se enojó mucho pero supongo que al verme asustada trató de calmarse y me pidió casi llorando que lo hiciera por nuestra amistad. Al final acepté porque no quería perderla.
Puso en el centro de su recámara una mesa pequeña que sacó de la habitación de sus padres y colocó ahí unas copas con un líquido morado, cigarros y el polvo blanco. Nos quedamos en ropa interior nada más, Eliseo también, él se veía ansioso, supongo que ya Mónica le había contado lo que haríamos, al sentamos en la alfombra alrededor de la mesita Eliseo me tomó de la mano mientras le decía a Mónica:
-¡Hija, sírveme un poco de vino!-
-¡Si papi!-
Yo no sabía qué hacer ni qué decir, sentí miedo, sabía que algo más sucedería y por primera vez en mucho tiempo quise que mamá estuviera ahí. En eso pensaba cuando Mónica le dijo a Eliseo:
-¿Papi, quiéres a mi mamá?-
-¡Claro que la quiero! ¿Por qué?-
-¡Haber, díselo y bésala!-
Cuando Eliseo acercó su boca a la mía creí que lo rechazaría pero fue grande mi sorpresa al sentir que no era tan feo besar a alguien. ¿O tal vez era que después de ver tantas películas de amor con besos y sexo lo único que me faltaba era practicar?, ladeaba la cabeza para mayor comodidad, me mojaba los labios en señal de aceptación, etcétera.
Mientras Eliseo y yo nos besábamos Mónica se acercó y nos dijo que nos ayudaría a ponernos cómodos. En un dos por tres quedamos totalmente desnudos (Comprendí esa noche la razón de los gemidos imparables de los actores de las películas que mi mamá esconde en la parte de arriba del armario y que he visto a solas), Mónica me besaba la espalda mientras Eliseo me chupaba las chichitas que yo sentía calientitas, calientitas. Justo entonces Mónica nos pidió que le pusiéramos atención porque nuestra velada se pondría mejor si además de beber, fumábamos y respirábamos el polvo blanco. Sirvió dos copas, Eliseo aún tenía en la suya, cada uno encendió un cigarro, brindamos e intentamos fumar pero no pudimos, no sabíamos cómo hacerlo así que apagamos los cigarros. Nos tomamos tres copas de vino una seguida de la otra y sonreíamos con timidez, luego Mónica me preguntó que cómo me sentía y recuerdo haberle dicho que contenta y volvió a sonreír. Mientras nos besábamos, Mónica se daba tiempo para no dejar de llenar nuestras copas y hacernos brindar, en algún momento nos propuso respirar el polvo blanco pero Eliseo dijo algo que no alcancé a escuchar con claridad, supongo que quería seguirme besando antes de lo del polvo porque retomamos nuestra práctica. Eliseo me lamía por todos lados, Mónica también, hicimos una pausa breve porque quiso ser ella quien primeramente me lamiera la vagina, Eliseo estuvo de acuerdo y dijo que de todas formas a él le tocaría lo mejor. Esa noche también entendí por qué mamá tomaba tanto, cuando estás ebria no sientes nada más que libertad y alegría, mucha alegría. Al sentir la boca calientita de mi amiga rozarme la vagina creí que iba a explotar. Me sentí feliz y sensual y sexi como las actrices de las películas de mamá. Supe en ese instante que mientras hiciera el sexo lo haría con la palabra por delante. No estaba segura de lo que quería decir, sólo sentía una necesidad atroz por hablar, me recuerdo unos: ¡No pares mamita, chúpame amor, lámeme el culo también que me escurro! Sin conciencia de ello, todo eso lo había aprendido de las pelis de mamá. No sé en qué momento le pedí a Eliseo que me hiciera suya (eso también lo escuché en las pelis) pero cuando me di cuenta un leve ardor mezclado con dolor me invadió la piel y le pedí a Mónica que me ayudara a no dejar escapar aquélla felicidad, inmediatamente fuimos hacia el polvo blanco. A partir de ahí no recuerdo nada, cuando desperté mi madre se encontraba recargada sobre uno de los bordes de la cama, dormitando.
Habían pasado tres días y según ella fueron los peores de su vida. Me contó que los padres de mi amiga nos habían encontrado tirados en el suelo, desnudos e inconscientes. De inmediato nos llevaron al hospital de Ciudad Inmóvil y el veredicto de los médicos fue contundente: Sobredosis por cocaína, sexo anal y vaginal a las dos niñas.
No volví a ver a Mónica. Me imagino que sus padres la sacaron de la escuela para meterla a otra o no sé pero no he vuelto a verla. Las cosas entre mi madre y yo no cambiaron ni cambiarán, estoy segura, de todas formas mi vida no ha sido tan mala ¿o sí?
Oralia Ramírez Cruz
se convierte, con el tiempo,
en humana.
Yasunari Kawabata.
Mamá siempre ha trabajado por la mañana. Fuma, toma, es alegre y ha tenido muchos novios. Sale a bailar todos los sábados con sus amigos y dice que ese es el precio que deben pagar los hijos que tienen una mamá joven, bonita y soltera. Ella nunca está sola porque se la pasa en fiestas, chateando y dando roles en el auto de alguno de sus amigos.
Soy hija única porque mamá por más que intentó darme un hermanito nomás no pudo. Primero porque no tenía con quién y cuando tuvo porque ya su matriz no servía por lo de su operación. Hablar sola para mi es de lo más común, de no haber sido por la televisión, los regalos e idas a Mc Donals, las fiestas de cumpleaños, las clases de baile moderno y hacer lo que yo quisiera en general, creo que mi infancia habría sido terrible. Mamá y yo nos llevamos bien, hablamos de todo, es una mujer muy open, imagínate, a los ocho años ya sabía de la menstruación, el sexo, la pornografía, las violaciones, el embarazo sin la cigüeña, el sida y todo lo que una niña de ocho debe saber a esa edad para que nadie la tome por sorpresa y tenga herramientas para sobresalir en la vida. Yo siempre he sido muy inteligente pero fíjate que una vez en la escuela casi me mato, o mejor dicho, me lleva la chingada -parafraseando a mamá-, con una niña que iba en cuarto de primaria cuando yo cursaba el segundo.
A mí siempre me gustó trepar árboles y en la escuela teníamos un jardín que además de vigilar para que nadie caminara sobre el pasto usábamos algunos niños para dar rienda suelta a nuestra imaginación. Éramos pocos, pero no te sorprendía si de pronto escuchabas toda una radionovela sobre la última pelea con tus padres.
Un día, mientras yo peleaba conmigo arriba del árbol (Por haberle gritado puta a mi mamá cuando me regañó por probarme la tarde anterior una de sus tangas preferidas y dejársela como calzón talla cuarenta), me atrapó la mirada de una niña que no había visto por la escuela. Obviamente ella sí se asustó al escucharme y creyó la muy tonta que me avergonzaría pero no, se sorprendió de que yo siguiera en lo mío sin importarme su presencia. Cuando salí de clase, la misma niña me esperaba en la reja de salida. Me dijo que se llamaba Mónica y que quería ser mi amiga. Yo, acostumbrada a estar sola todo el tiempo, me sentí incómoda y le dije que sí pero que sólo podíamos vernos en la escuela porque después de salir tenía las tardes ocupadísimas con mi mamá y mis primos. Lo cierto era que me sentí invadida, pero no importaba porque sabría cómo manejarlo. Mónica, comprendí más tarde, era mucho más astuta que yo porque sin darme cuenta fue haciéndose indispensable en aquellos días.
Primero sólo nos veíamos en la escuela pero poco a poco fui sintiendo una especie de necesidad por estar con ella, llegué al grado de ir a su casa al salir de clases, mi mamá, por supuesto, se puso feliz porque cuando le pedía que me llevara a casa de mi amiga no volvía sino hasta el día siguiente. ¿Qué qué hacíamos? Pues todas esas cosas que las niñas hacen sin la mirada de sus padres. Cuando jugábamos en su recámara nos poníamos ropa de sus papás. A veces ella la hacía del papá y yo de la mamá o al revés. En otras ocasiones llamábamos por teléfono a un número cualquiera del directorio y sacábamos nuestro repertorio completo de groserías e insultábamos a quien contestara.
Una mañana me dijo en la escuela que me tenía una sorpresa pero que me la daría en su casa, por la tarde, y que además era necesario pedir permiso para quedarme a dormir. Muy obediente como casi nunca pedí el permiso y hasta llevé mi pijama, pensé en proponerle desvelarnos y ver películas de amor, de esas cursis que le gustan a mamá cuando está triste. Al llegar le anuncié mi plan pero inmediatamente me dijo:
-Calla, calla o lo echarás a perder-
-¿Qué pasa?-, le pregunté.
La respuesta salió de su habitación. Aquella tarde habían llegado sus tíos Gabriel y Elisa de Colombia. Estaban de paso porque su última parada todavía les quedaba lejos pero quisieron pasar a saludar y descansar un poco. Los padres de mi amiga decidieron (Como cada tres o cuatro días a la semana), salir a dar una vuelta con ellos, cenar en algún bonito restaurante e ir a bailar a alguna disco, los señores Palacio eran como mi madre, la diferencia entre ellos era que los primeros no sólo bebían y fumaban cigarrillos sino que también -les reprochó Mónica un día, para hacerlos sentir culpables de su mal comportamiento en la escuela-, consumían un polvo blanco que después supe se llamaba cocaína.
Bueno, los tíos de mi amiga traían consigo al menor de sus hijos, Eliseo. Un chico muy sonriente, con dientes blanquísimos y chuecos. Me pareció al principio no comprender la sorpresa, cuando los adultos se fueron nos pidieron no hacer travesuras ni dormirnos tarde aunque al día siguiente era sábado así que no habría escuela, sin embargo, enfatizaron en querer encontrarnos dormidos al volver. Cuando los despedimos Mónica me llevó a su recámara y cerró la puerta antes de que Eliseo pudiera entrar, y me dijo:
-Hoy jugaremos a los papás, pero será más padre que las veces anteriores porque ahora sí hay papá ¡Tú serás la mamá y yo seré la hija!-
Un brillo extraño invadió sus ojos al decirle que prefería ver películas con ella, se enojó mucho pero supongo que al verme asustada trató de calmarse y me pidió casi llorando que lo hiciera por nuestra amistad. Al final acepté porque no quería perderla.
Puso en el centro de su recámara una mesa pequeña que sacó de la habitación de sus padres y colocó ahí unas copas con un líquido morado, cigarros y el polvo blanco. Nos quedamos en ropa interior nada más, Eliseo también, él se veía ansioso, supongo que ya Mónica le había contado lo que haríamos, al sentamos en la alfombra alrededor de la mesita Eliseo me tomó de la mano mientras le decía a Mónica:
-¡Hija, sírveme un poco de vino!-
-¡Si papi!-
Yo no sabía qué hacer ni qué decir, sentí miedo, sabía que algo más sucedería y por primera vez en mucho tiempo quise que mamá estuviera ahí. En eso pensaba cuando Mónica le dijo a Eliseo:
-¿Papi, quiéres a mi mamá?-
-¡Claro que la quiero! ¿Por qué?-
-¡Haber, díselo y bésala!-
Cuando Eliseo acercó su boca a la mía creí que lo rechazaría pero fue grande mi sorpresa al sentir que no era tan feo besar a alguien. ¿O tal vez era que después de ver tantas películas de amor con besos y sexo lo único que me faltaba era practicar?, ladeaba la cabeza para mayor comodidad, me mojaba los labios en señal de aceptación, etcétera.
Mientras Eliseo y yo nos besábamos Mónica se acercó y nos dijo que nos ayudaría a ponernos cómodos. En un dos por tres quedamos totalmente desnudos (Comprendí esa noche la razón de los gemidos imparables de los actores de las películas que mi mamá esconde en la parte de arriba del armario y que he visto a solas), Mónica me besaba la espalda mientras Eliseo me chupaba las chichitas que yo sentía calientitas, calientitas. Justo entonces Mónica nos pidió que le pusiéramos atención porque nuestra velada se pondría mejor si además de beber, fumábamos y respirábamos el polvo blanco. Sirvió dos copas, Eliseo aún tenía en la suya, cada uno encendió un cigarro, brindamos e intentamos fumar pero no pudimos, no sabíamos cómo hacerlo así que apagamos los cigarros. Nos tomamos tres copas de vino una seguida de la otra y sonreíamos con timidez, luego Mónica me preguntó que cómo me sentía y recuerdo haberle dicho que contenta y volvió a sonreír. Mientras nos besábamos, Mónica se daba tiempo para no dejar de llenar nuestras copas y hacernos brindar, en algún momento nos propuso respirar el polvo blanco pero Eliseo dijo algo que no alcancé a escuchar con claridad, supongo que quería seguirme besando antes de lo del polvo porque retomamos nuestra práctica. Eliseo me lamía por todos lados, Mónica también, hicimos una pausa breve porque quiso ser ella quien primeramente me lamiera la vagina, Eliseo estuvo de acuerdo y dijo que de todas formas a él le tocaría lo mejor. Esa noche también entendí por qué mamá tomaba tanto, cuando estás ebria no sientes nada más que libertad y alegría, mucha alegría. Al sentir la boca calientita de mi amiga rozarme la vagina creí que iba a explotar. Me sentí feliz y sensual y sexi como las actrices de las películas de mamá. Supe en ese instante que mientras hiciera el sexo lo haría con la palabra por delante. No estaba segura de lo que quería decir, sólo sentía una necesidad atroz por hablar, me recuerdo unos: ¡No pares mamita, chúpame amor, lámeme el culo también que me escurro! Sin conciencia de ello, todo eso lo había aprendido de las pelis de mamá. No sé en qué momento le pedí a Eliseo que me hiciera suya (eso también lo escuché en las pelis) pero cuando me di cuenta un leve ardor mezclado con dolor me invadió la piel y le pedí a Mónica que me ayudara a no dejar escapar aquélla felicidad, inmediatamente fuimos hacia el polvo blanco. A partir de ahí no recuerdo nada, cuando desperté mi madre se encontraba recargada sobre uno de los bordes de la cama, dormitando.
Habían pasado tres días y según ella fueron los peores de su vida. Me contó que los padres de mi amiga nos habían encontrado tirados en el suelo, desnudos e inconscientes. De inmediato nos llevaron al hospital de Ciudad Inmóvil y el veredicto de los médicos fue contundente: Sobredosis por cocaína, sexo anal y vaginal a las dos niñas.
No volví a ver a Mónica. Me imagino que sus padres la sacaron de la escuela para meterla a otra o no sé pero no he vuelto a verla. Las cosas entre mi madre y yo no cambiaron ni cambiarán, estoy segura, de todas formas mi vida no ha sido tan mala ¿o sí?
Oralia Ramírez Cruz
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