Ciudad Inmóvil Now

El tiempo zarpa hacia los manglares

afuera todo se desvanece

el pensamiento se torna un perro rabioso

que no puede morder



La 44 brilla soberbia...

Con la sonrisa apagada de un festín

te encuentro saciada de humanidad



Te encuentro deshebrada

y la órbita en que ruedo pare llanto negro

por secuestrar la nostalgia de tu lengua.






12 de febrero de 2011

LA PIEDRA ROJA

Entró un señor enlutado con los zapatos muy limpios y los ojos enrojecidos en lo blanco, se aproximó al empleado y dijo: ¡Muéstreme todos los puñales que tenga! El chico del mostrador intuyó tener delante a la seguridad misma encarnada en aquel tipo de grandes manos lampiñas. -¿Son todos?- Con un tenue pestañeo asintió, no obstante; al segundo se contradijo y desplegó una cortina que lo condujo hacia el sombrío cuarto inmediato. Conocía de memoria los recovecos del laberinto, por ello; al estar frente a la pared de los punzo cortantes especiales supo cuál era el deseado por el hombre de impecable aspecto sólo contrapuesto con la ofuscación de su rostro. El puñal elegido era el mismo que tiempo atrás usó el autor de Canto a un dios mineral para acariciarse con ímpetu fugaz sus genitales. Al cruzar nuevamente la cortina de tiras rojas se encontró con la ausencia del cliente enlutado. No quedaba sino devolver el reluciente objeto a su lugar… Por la noche, cuando el dueño de la tienda fue a inventariar como cada término del día, encontró a su empleado con el corazón derramado sobre su cuerpo y el puñal erguido en el mismo.

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